Encuentro del tercer arquetipo

Actualizado: 13 oct 2020

Artículo publicado en la entrega No. 4 de la revista Yggdrasil, por Kim Pasche, arqueólogo experimental, autor, trappeur [práctica de caza al norte de Canadá en inmersión con el medio natural] y a quien le gusta definirse como guardián de saberes ancestrales, y quien escribe regularmente para la revista en la crónica denominada «En el fondo de los bosques».



La intención de la tecnología

Durante los largos meses de invierno que paso en el Yukón, tengo regularmente la oportunidad de participar en una actividad muy singular: restaurar los artefactos mejor conservados, para el Departamento de Arqueología del Yukón. Estos objetos, a menudo con miles de años de antigüedad, todavía están asociados con los antepasados de las actuales Primeras Naciones del Yukón, sociedades que vivían principalmente de la pesca, la caza y la recolección.

Ilustración: Alice Diaudonné, Yggdrasil 2020

Una cosa surge de estos años de reconstrucción: mi percepción de lo que hoy llamamos «progreso», «tecnologías» y «descubrimientos», ¡ya no es en absoluto la misma! En una sociedad moderna en la que no pasa un solo día sin que se nos recuerde hasta qué punto la ciencia y el progreso son los únicos caminos posibles para la humanidad, me parece importante compartir aquí lo que me ha sido revelado a fuerza de raspar madera y hueso, a fuerza de golpear piedra, a fuerza de evolucionar en el mundo salvaje siguiendo los pasos de nuestros antepasados salvajes.

Yo —como muchos otros— me he suscrito durante mucho tiempo a la idea de la neutralidad tecnológica. Después de todo, esta idea de la neutralidad se inculca desde una edad temprana en los niños de toda la Tierra. Esta teoría sostiene que la tecnología, sea lo que sea, es neutral en sí misma, y que su idoneidad depende de cómo se utilice. La energía nuclear puede utilizarse para fabricar bombas o para crear energía, un cuchillo puede utilizarse para cortar verduras o para herir a un vecino, etc. Además de esta neutralidad de primer nivel, existe la noción de una especie de compensación futura: si una tecnología crea desequilibrios hoy, estos desequilibrios podrán ser compensados más tarde por tecnologías futuras (Nota 1).


Presentada de esta manera, la idea de la neutralidad de la tecnología aparentemente tiene mucho sentido... ¡hasta que se mira lo que realmente está en juego! Y esto se hace aún más evidente cuando nos tomamos el tiempo de observar nuestro pasado y el origen de las tecnologías —o técnicas— que conforman nuestra vida cotidiana.

Todos los artefactos arqueológicos que tengo la suerte de poder reconstruir datan de la época en que los habitantes de las regiones boreales eran cazadores-recolectores. A menudo referidas como técnicas «primitivas», ¡en realidad están lejos de serlo! Para los que saben observar, éstas llevan el sello del tiempo y de la selección natural. Son la prueba —por si fuera necesario— de que las culturas a las cuales están asociadas estaban en un estado de equilibrio (homeóstasis) con su territorio. ¿Por qué? Pues bien, porque este conocimiento era «evolutivamente» estable: las sociedades a las cuales estaban vinculadas se habían integrado plenamente a su ecosistema durante decenas de miles de años. En otras palabras, este conocimiento ancestral es el resultado de la selección natural.


En este punto, creo que es importante distinguir la técnica de la tecnología. La primera está —en mi opinión— asociada al conocimiento artesanal de pequeños grupos de personas, mientras que la segunda requiere una estratificación de la sociedad, especialización y un grado de complejidad que sólo puede lograrse mediante el desarrollo de la civilización. Un hacha de piedra pulida, por compleja que sea, es un objeto técnico que no requiere ninguna organización humana en particular, mientras que una motosierra es una pieza eminentemente tecnológica: requiere una organización industrial en la que participan miles de personas, una economía internacional y convenciones sociales y políticas.




La insostenibilidad de la tecnología


En un contexto estable, cada objeto, simple o complejo, tiene dos vidas: la primera es su creación (conocimientos, recursos, métodos, etc.); la segunda es el uso del propio objeto. En todas las sociedades humanas, la visión convoca al objeto, entonces los hombres alimentan esta visión por el uso que hacen de ella. Ejemplo: mi visión del mundo implica que necesito cortar, entonces recojo y corto el sílex para poder cumplir con esta visión.

Me gustaría señalar aquí que la réplica de objetos cotidianos en un entorno estable no debe confundirse con la idea que nuestra cultura tiene generalmente del concepto de descubrimiento o invención. Ya he hablado antes del error que cometemos al creer que «la necesidad es la madre de la invención», como la tendencia que naturalmente impulsaría a los humanos al progreso (Nota 2).

Por lo tanto, los objetos tienen dos vidas: una que consiste en su creación, la otra en su uso. Pero, ¿de qué manera esto nos explica su neutralidad?

Si bien es cierto que las tecnologías pueden parecer «buenas» o «malas» en su uso, ¡no se puede decir lo mismo de su concepción! En efecto, la creación de un objeto depende de recursos que a veces pueden ser difíciles de obtener. Tomando el ejemplo del cuchillo de sílex, se podría pensar que un grupo podría tener éxito en el monopolio de los recursos de sílex de una isla, supongamos... Los otros grupos humanos de los alrededores se encontrarían de repente pagando un precio muy alto para acceder a esta materia prima. Se podría pensar que el grupo que tiene la posesión del sedimento negaría rotundamente el acceso a la materia prima a los demás grupos, controlando así la fabricación de los objetos, lo que le permitiría tener el monopolio de los productos acabados, que serían aún más lucrativos en estas condiciones. El cuchillo resultante de esta economía puede ser neutral en su uso, ¡pero su fabricación está lejos de serlo!


Volvamos al presente e imaginemos ahora cuántas historias similares a ésta tuvieron que acumularse en el mundo y en el tiempo para permitir que hoy en día algunos miembros de nuestra —así llamada— humanidad puedan comprar un teléfono inteligente, mientras que otros apenas pueden alimentarse trabajando más de 12 horas al día. Como vemos, el debate sobre la neutralidad de la tecnología es un falso debate.

Volviendo a mi primera definición de los términos «técnica» y «tecnología», podemos demostrar muy simplemente que una técnica, accesible a todos, puede ser neutral, por lo tanto carente de toda estrategia de poder, mientras que una tecnología, por el grado de complejidad necesario para su existencia y por el poder que confiere a algunos, sólo puede existir en detrimento de otros, de los ecosistemas y, in fine [en última instancia], de la diversidad en general.

Si se necesitara un solo argumento para demostrar la insostenibilidad de la civilización, creo que la no-neutralidad de la tecnología sería suficiente (Nota 3).




¿Un tercer mundo?


Teniendo en cuenta lo anterior, parece difícil adherirse a la idea —de moda hoy en día— de un futuro que combine lo mejor de nuestras tecnologías y que abarque el pensamiento ecológico e incluso las visiones de los pueblos tradicionales. Un «tercer mundo», como algunos lo llaman. Sin embargo, muchos científicos, pensadores y artistas como el pintor Pistoletto, el astrónomo y físico Aurélien Barreau y, hasta cierto punto, el filósofo Michel Serres, adhieren a esta idea. Impulsada por Greta Thunberg, la idea de que las tecnologías puestas al servicio de la ecología y la democracia son la solución a nuestros problemas contemporáneos sólo subraya esta tendencia que tenemos de ignorar la historia de nuestra modernidad y sus accesorios.

Porque, aunque esta idea de un «tercer mundo» es loable, no deja de ser ingenua. De hecho, los medios modernos, aun cuando se utilizan con fines ecológicos, terminan sirviendo a su causa, si no lo han hecho ya, puesto que «la organización necesaria para desarrollar la tecnología moderna requiere que talemos los bosques, extraigamos metales raros, consumamos todo el petróleo y mantengamos una economía desequilibrada que permita a algunos humanos explotar los ecosistemas y sus habitantes con impunidad en nombre del progreso y del neocapitalismo» (Nota 4).

Para tratar de representar la incongruencia de tal idea (un mundo mágico en el que podríamos al mismo tiempo conservar todos los cachivaches y los hábitos que conforman nuestra vida cotidiana, eliminar todos los impactos ecológicos negativos asociados a ellos y, además, adoptar o apoyar los valores de los pueblos tradicionales), he aquí una breve fábula que pretende esencialmente mostrar lo que hace que nuestra civilización «flote».

«Érase una vez una isla perdida en medio de un inmenso océano donde varias tribus vivían en equilibrio. Según lo que los ancianos pueden recordar, las diferentes tribus tenían relaciones que iban desde un buen entendimiento hasta intercambios que a veces conducían a conflictos. La mayoría de las veces, estos conflictos consistían en ligeras disputas, que finalmente se atenuaban con compensaciones y luego con un período de paz, que duraba hasta el siguiente conflicto.

Un día, una de estas tribus vio desembarcar en sus playas una flota de varios barcos que venían de un archipiélago que se encontraba a pocos días de distancia. Los viajeros, en su mayoría sacerdotes, desembarcaron y se apresuraron a explicar la razón de su llegada: estaban allí para predicar la paz y llevar su mensaje a los archipiélagos de los alrededores. Enterándose de las disputas en la isla, iban a hacer todo lo posible para llevar la paz a los habitantes, y esto — dijeron— se lograría transmitiendo los conocimientos que su civilización había adquirido a lo largo de su historia. Según ellos, era el deber de los humanos civilizados asegurarse de que los hombres nunca más se matarían entre sí. Las disputas tribales eran una expresión desafortunada de la naturaleza humana que sólo podía ser frenada por la educación y las leyes estrictas.

La noticia del arribo de los recién llegados se había extendido por toda la isla. Muchos emisarios de las diferentes tribus pronto llegaron a la playa donde estos extraños marineros habían desembarcado. Cuando se mencionó la razón de su llegada, los distintos emisarios se miraron sorprendidos, sin saber cómo tomar la noticia. No porque la paz fuera un valor desconocido para ellos —¡al contrario!—, sino porque las piraguas con las que los navegantes habían viajado estaban hechas de cientos de pieles cosidas entre ellas. Mas, todas estas pieles eran pieles de seres humanos!».

Si se necesitara un solo argumento para demostrar la insostenibilidad de la civilización, creo que la no-neutralidad de la tecnología sería suficiente.

Nosotros, la «gente civilizada», estamos exactamente en la misma posición que esos sacerdotes: todas nuestras tecnologías llevan el estigma de la destrucción del mundo viviente. Y, como los sacerdotes de la fábula, no lo vemos o hemos dejado de verlo; seguimos queriendo difundir nuestra llamada «sabiduría» a los pueblos que —paradójicamente— ¡no llevan ninguno de estos estigmas!

En la playa de la isla, los sacerdotes podrían haber explicado que estos barcos eran reliquias de una época pasada, que por desgracia había habido una época en la que sus antepasados estaban en guerra y que, si bien el uso de pieles enemigas para hacer barcos todavía era común, ¡los avances tecnológicos pronto les permitirían encontrar una alternativa!

Como ellos, podemos decir hoy que la condición humana en las zonas más pobres del mundo es lamentable, así como lo es la contaminación o la explotación de los niños en las fábricas, etc. Perdonamos estos lados oscuros de nuestra historia gracias a los llamados avances morales y tecnológicos que deberían permitirnos, en un futuro cercano, alcanzar un estado de armonía nunca antes igualado. Pero no olvidemos que cada edificio de nuestras ciudades, cada carretera, cada libro escolar, cada ordenador es exactamente como los barcos de piel humana de la fábula: antes de ser hazañas técnicas, nuestros inventos recuerdan al mundo que nuestra civilización es una máquina para matar la diversidad, porque necesita la fuerza vital de esa diversidad para mantener su trayectoria. Diversidad de paisajes, diversidad ecológica o cultural, ¡nada ni nadie escapa a su macabro control!


El tercer arquetipo

Si la idea de una nueva era —un tercer arquetipo, que mezclaría los logros tecnológicos y las sabidurías tradicionales— parece ingenua, por otro lado la idea de un puente entre la civilización y las culturas tradicionales parece ser un camino necesario por explorar, si queremos ver a la especie humana seguir viviendo todavía un poco más en este maravilloso planeta.

Michel Tournier, en su formidable novela Viernes o los limbos del Pacífico, sostiene que el pensamiento salvaje no tiene más remedio que ser re-definido por un mundo que ahora debe aceptar la presencia del hombre civilizado. En su trabajo, la Isla de Robinson es una especie de laboratorio que, gracias al barquero en que se convierte Viernes, termina transformando a Robinson en un ser feral [un ser domesticado que se transforma en salvaje]. Así, el salvaje ha permitido la transformación del civilizado en un ser híbrido: un ser feral, capaz una vez más de escuchar la naturaleza, de vivirla desde su interior, y de volver a conectarse con la esencia salvaje de los humanos, sin que todo eso le haga perder la memoria de la civilización ni su veneno.

Bajo la pluma de Tournier, lo que yo llamo el «tercer arquetipo» es una pareja, de hecho. Es la alianza profunda que une dos seres —o dos grupos—, uno doméstico y otro salvaje, para que la esencia salvaje humana pueda perdurar en un mundo momentáneamente dominado por la civilización. Porque este mundo «moderno» no está destinado a durar, y las reglas que le impone al globo no son ni deseables ni sostenibles. Sin embargo, no podemos negar sus fuerzas transitorias, que, a pesar de su iniquidad, tienen un impacto muy real en todo lo que nos rodea hoy en día.

Al igual que Viernes, el deterioro del medio ambiente causado por la civilización, seguido de las promesas que ésta le hace a la gente salvaje que vive allí, es casi inevitablemente —si no irresistiblemente— atractivo para nuestros compañeros salvajes. El intento de encontrar el camino en el mundo civilizado se convierte entonces en una cuestión de vida o muerte.