François Ruffin entrevista a Pablo Servigne sobre la actual pandemia de coronavirus

Actualizado: may 1


Entrevista de François Ruffin (diputado de la Asamblea Nacional de Francia por el departamento de La Somme) a Pablo Servigne (teórico de la Colapsología) sobre la situación actual alrededor de la pandemia de COVID-19… Éstas son sus reflexiones:


Pablo Servigne (PS): Ésta pandemia no es la primera sacudida, sino sólo una de tantas; ya ha habido muchas antes. Desde la publicación del libro Cómo todo puede colapsar, en el 2015, han pasado muchas cosas: sequías, olas de calor, noticias terribles sobre el clima y la biodiversidad, Trump, el Brexit… Es cierto que es un golpe global, rápido y sistémico, que duele. Lo que hemos dicho es que toda nuestra sociedad es muy vulnerable, porque está globalizada y de producción ajustada (just in time) con cadenas de aprovisionamiento largas, rápidas, sin stocks, etc. Y con todas estos detonantes, todo puede reventar. Los detonantes pueden venir de todas partes; la pandemia era uno de los detonantes posibles.



François Ruffin (FR): ¿Cómo reacciona la sociedad a este detonante?


PS: Al principio hay escepticismo. Yo hace diez años que estoy metido en esto, entonces para mí era bastante evidente que una gran perturbación podía desestabilizar al mundo entero. Pero ni siquiera yo podía saber que iba a ser así de rápido. Yo no conozco el virus, entonces yo estoy como todo el mundo, es decir que yo me mantengo informado y tratando de ver que es lo que pasa, de entender. Esta semana, toda la prensa trataba de saber cuál era mi opinión. Mi opinión la había expresado en los libros, no sé bien aún, necesito tiempo para reaccionar. Lo que observo sobre la reacción es que todo puede ir muy rápido cuando la gente y el gobierno saben lo que pasa y entienden las cosas. Todo puede pasar muy rápido.


Nosotros los seres humanos sabemos hacer cosas a gran escala y rápido. Aquí hemos demostrado que se puede hacer una transición en una semana a escala global. Lo único es que hay cerrojos políticos, jurídicos, financieros, etc., y lo que yo veo es una inflexión, un vuelco. ¡Es increíble! Era la guerra política en contra de los servicios públicos, el pueblo, los pueblos, las otras culturas, los otros países, el mundo vivo, y ahora todo se ha invertido; todos unidos contra un enemigo común: un virus. Al ver esto recordé la estrategia del shock de Naomi Klein, que dice que son precisamente las políticas neoliberales las que se imponen rápidamente porque hay choques, el país está pasmado, los pueblos están pasmados, y es así como se pueden llevar a cabo rápidamente políticas absolutamente antisociales.


Ahora vuelve a haber una abertura. Nos va a caer toda la avalancha encima si nos quedamos quietos. Entonces, cuando lo más duro de la pandemia haya pasado, vamos a ver cómo está nuestra sociedad, y es ahí que habrá que apurarse, para hacer de esa abertura algo constructivo. Es decir, invertir la estrategia de choque y no tener que soportar políticas antisociales, competitivas, de control, de poder, etc., sino lograr una sociedad de ayuda mutua y de autoorganización. Está la idea de crear una plataforma de ayuda mutua, cartografiar todos los sitios de colaboración mutua y poder pasar a la práctica, para que desde ahora nos reencontremos con el gusto de la vida de verdad, y podamos reconectarnos con lo esencial. Eso era lo que decía en mi último libro Otro fin del mundo es posible: la idea de ver la muerte cerca, la idea de la vulnerabilidad, nos lleva a cierto grado de sabiduría, o en otras palabras, en ese momento vamos directamente a lo esencial. Y es lo que pasa ahora: podemos posiblemente perder nuestro trabajo, nuestra sociedad, nuestros seres queridos, porque si son frágiles pueden morir. Entonces nos damos cuenta de lo esencial, hay una parte dramática pero encontramos la alegría.

«El apoyo mutuo es complicado. En nosotros se presenta de manera espontánea cuando hay un problema, una catástrofe. El problema es que hay que hacer durar el apoyo mutuo. Habría que crear los todos los instrumentos, todas las técnicas, todos los trucos, para que perdure».

FR: Retomamos la frase de la película El año 01 (L’an 01), «Paramos todo, pensamos, y no es triste». Es como si nos viéramos obligados a parar todo para que paremos.


PS: … El apoyo mutuo es complicado. En nosotros se presenta de manera espontánea cuando hay un problema, una catástrofe. El problema es que hay que hacer durar el apoyo mutuo. Habría que crear los todos los instrumentos, todas las técnicas, todos los trucos, para que perdure. Y podemos volvernos muy competentes en apoyo mutuo. El problema es que aquí tenemos una pandemia, y en una pandemia es muy complicado mantener el apoyo mutuo todo el tiempo, pues es una amenaza antisocial que va contra nuestra tendencia extremadamente prosocial. Nos dicen que va a ser la guerra de todos contra todos, porque tenemos un imaginario postapocalíptico, “survivalista”, etc. Pero la guerra de todos contra todos ha sido lo que tenemos ahora, es lo que nos meten en la cabeza, es la ideología neoliberal que nos imponen desde hace 50 o 60 años. Y ahora hay una abertura, y entonces la posibilidad de que: 1) El apoyo mutuo reemerja de manera espontánea, que es lo que está pasando ahora; 2) Que nos apuremos para que eso sea duradero, es decir, que haya que volver a sentar las normas sociales, hacer presión en las calles, en todos lados, en los parlamentos, y reinstitucionalizar el apoyo mutuo, que habremos redescubierto durante esta abertura. Y cuando digo apoyo mutuo, hago alusión a la solidaridad, al mutualismo.



FR: Pero por otro lado, el apoyo mutuo tiene muchas trabas, porque cuando no puedes ver a tus parientes, cuando te dicen que tienes que confinarte en tu casa y se convierte en la explosión de las pantallas, ahí ¿cómo puedes estar seguro de que hoy hay más apoyo mutuo que ayer, y que eso va a durar más allá de la crisis sanitaria?


PS: Yo hago referencia a todos los trabajos científicos de psicólogos y sociólogos de las catástrofes. Ellos muestran que cuando ocurre una catástrofe puntual —y esa es la clave—, hay actos de apoyo mutuo extraordinarios: en accidentes de avión, incendios, terremotos, etc. Y luego el desafío es que dure. Eso es lo difícil. Entonces yo parto del supuesto de que aquí hay un verdadero choque, y entonces nos ayudamos. Yo lo vivo con los vecinos, con todo el mundo: tenemos ganas de ayudarnos, creamos grupos WhatsApp. Lo que es difícil es que la pandemia es antisocial por definición, y eso nos cuesta mucho, y entonces ¿a qué recurrimos? A Facebook, a WhatsApp, y todos nuestras redes sociales/antisociales, que son ambas cosas de hecho. Lo difícil es que ahora dependemos de Amazon, y de esas redes, de las empresas. ¡Son ellos los que nos tienen atrapados! Y de hecho, todas estas décadas de liberalismo, de consumismo, de capitalismo, de todo eso, nos han desconectado al mismo tiempo del mundo vivo y de nuestra autonomía, de nuestra capacidad de hacernos cargo de nuestra vida, y cuando las condiciones se deterioran rápidamente nos damos cuenta de que somos completamente dependientes de ese sistema, para las cosas básicas.

«Cuando entre vecinos, con grupos constituidos, lleguemos a recuperar un poco de la capacidad de vivir por fuera del sistema mortífero, en ese momento podemos cortar esos cables, ¡juntos!».

Somos, como marionetas que están conectadas con cables a esas máquinas gigantes. Y entonces, el objeto de la transición, el fin último de una transición, es cortar los cables y recuperar una autonomía, recuperar libertad, alegría, y todo eso por fuera de un sistema mortífero. Porque si el sistema mortífero se derrumba, nos arrastra con él —nos arrastra con todo y sus cables—. El problema es que si cortamos los cables ahora, solos, pues morimos. Yo no sé aún arreglármelas sin carro —pues vivimos en la montaña—, sin tarjeta bancaria, sin tiendas y todo eso, por ahora. Vamos lográndolo poco a poco, o eso espero. Y es por eso que lo colectivo es lo primordial en un primer momento para poder encontrar una manera de vivir y una capacidad de producir. Y cuando entre vecinos, con grupos constituidos, lleguemos a recuperar un poco de la capacidad de vivir por fuera del sistema mortífero, en ese momento podemos cortar esos cables, ¡juntos! Y eso es muy largo y muy duro.


Y tenemos que celebrar eso, es el objeto de las municipalidades en transición. Hay que hacer un cambio de postura—nos dimos cuenta en el libro Otro fin del mundo es posible—, y es sobre la cuestión de la esperanza. La esperanza es muy pasiva —viene de esperar—. Entonces la idea es revertir la lógica: hoy necesitamos de coraje para pasar a la acción, no importa si tenemos posibilidades de llegar o no, eso no importa; no miramos hacia el futuro, actuamos ahora, hacemos lo que creemos que es lo mejor. Y actuamos ahora, y necesitamos coraje para eso. Y cuando pasamos a la acción vemos que lo colectivo se regenera, vemos que otros pasan a la acción, que recuperamos un poco de alegría y entusiasmo. Es cuando lo colectivo vuelve, que la esperanza vuelve. Es al revés, no hay que aguardar la esperanza, hay que crearla.

De hecho nos importa poco si va a funcionar o no. No debemos esperar a tener la certeza de que va a funcionar. Si no, no llegaremos a ninguna parte, y no haremos nada. De hecho, hay que hacer las cosas ahora, y vamos a estar navegando en medio de la niebla. No sabemos si la pandemia va a ser grave, muy grave, cataclísmica, o quizá no muy grave (en todo caso no será la última pandemia, habrá otras). Eso es lo que es importante, que además entre las perturbaciones, no hay sólo pandemias, y pandemias habrá muchas más, y puede que haya otras perturbaciones: climáticas, una gran sequía (imagina que tengamos cuatro meses de verano con una gran sequía), olas de calor, altos niveles de contaminación, accidentes industriales; en fin, hay muchas perturbaciones posibles durante todo este siglo. Entonces, en algún momento toca acostumbrarse, toca lanzarse y aprovechar todas esas grietas para presionar y hacer que los cambios ocurran.

Sobre las cosas que debemos hacer que cambien de manera prioritaria, personalmente, pienso que no estamos bien parados en términos de aprovisionamiento alimentario... la escasez es posible: en las reservas de los almacenes, en las cadenas de aprovisionamiento. Tendremos que ir hacia una política de racionamiento. El racionamiento está muy mal visto en Francia, pero está bien visto en Gran Bretaña, porque tienen el recuerdo de la guerra.

«Propusimos hacer una especie de juegos entre barrios, entre familias, donde nos entrenemos para la escasez. Por ejemplo, vivir dos meses sin gas, o una semana sin agua, o dos meses sin carro».

FR: ¿Ir hacia una agricultura local, hacia formas de abastecimiento local, para no depender de grandes flujos, y así sucesivamente, al menos respecto a la parte alimentaria?

PS: Sí, y luego está el agua... hay muchísimas cosas. De hecho, estamos ante un ejercicio a escala real de una catástrofe. La resiliencia —hemos escrito mucho sobre la resiliencia— no es una noción teórica, es una noción experiencial. Si no vivimos las cosas, no podemos practicar, y hay que practicar. Por ejemplo, propusimos hacer una especie de juegos entre barrios, entre familias, donde nos entrenemos para la escasez. Por ejemplo, vivir dos meses sin gas, o una semana sin agua, o dos meses sin carro. Y ahora tenemos el entrenamiento a escala real del siglo. El siglo va a estar marcado por todas las perturbaciones y penurias, medios hostiles, conflictos de todos los tipos. Entonces, para mí lo esencial está ahí, y podemos verlo: es estar bien con nuestros vecinos, con nuestros allegados; tener un lugar estable, comenzar a desarrollar autonomía; tener una vida municipal y local muy muy fuerte, muy nutrida y muy potente. Porque cuando los grandes flujos de comunicación se rompen, quedamos entre vecinos, quedamos a nivel local. Podemos actuar ahí, hay que hacer un verdadero esfuerzo a nivel local. De hecho, existe el riesgo de que las democracias mueran.


Si no hacemos nada, van a morir —de autoritarismo, de fascismo, etc.—. Y es que nuestras democracias de masa viven porque hay petróleo a voluntad. Si no tenemos más energía, no tendremos las mismas democracias masivas, y entonces de todas formas habrá que reinventarlas; habrá que evitar los autoritarismos que vienen, porque los autoritarismos y los fascismos que vemos nacer en estos momentos hacen parte de una de las fases de los colapsos. Son ellos los que aceleran los colapsos. ¡Entonces tenemos que hacer un gran esfuerzo social y democrático a nivel local! Y más allá también, donde haya afinidades. Tenemos que hacer evidentemente muchas cosas a nivel global, a nivel nacional. Pero esta crisis nos enseña que debemos volver a aprender totalmente la vida. Y no tendremos tiempo. Porque, por ejemplo yo, desde hace una semana trato de leer artículos, de leer libros, pero juemadre hay que atender a los niños, cocinar, volver a hacer la huerta. Es difícil. De hecho, tendremos menos tiempo para pensar, para reflexionar.