La teoría de la escafandra

Actualizado: oct 13

Artículo publicado en la entrega No. 5 del magazín Yggdrasil por Kim Pasche, arqueólogo experimental, autor, trappeur [Práctica de caza al norte de Canadá en inmersión con el medio natural] y a quien le gusta definirse como guardián de saberes ancestrales, y quien escribe regularmente para la revista en la crónica denominada «En el fondo de los bosques».


Ilustración original Alice Diaudonné, Yggdrasil julio 2020


Introducción


Con el confinamiento, muchos eventos públicos tuvieron que cancelar o posponer sus actividades. En lugar de privar a la población de estos acontecimientos de todo tipo en el preciso momento en que nuestra libertad se ha visto disminuida, algunas de estas manifestaciones han optado por proponer versiones online a su público. Festivales de música, de teatro, de cine, pero también conferencias, salones, e incluso partidos deportivos, han jugado la carta virtual, ofreciendo así una verdadera alternativa a una situación impuesta a todos.



En tan solo unos meses, la mayoría de los eventos y formaciones que solíamos vivir físicamente, han terminado convirtiéndose en proyectos virtuales. Enfrentándome yo mismo a esta necesidad, primero seguí el entusiasmo general sin hacerme demasiadas preguntas. Después de todo, los proyectos para los que suelo contribuir tienen sentido para mí, y promoverlos me parece importante.


Con esta nueva tendencia, una conferencia se convierte así en una reunión por Zoom, un festival de ecología se transforma en un «MOOC» (Massive Open Online Course, Curso masivo en línea y abierto) y se imparte un taller de transmisión de saberes-gestos gracias a un video didáctico en línea. Atrincherados en casa por los efectos de la «crisis», muchos de nosotros hemos descubierto todo el potencial de los instrumentos de comunicación que ahora habitan nuestra cotidianidad de civilizados. Un potencial que ha demostrado ser, por primera vez, ¡una verdadera oportunidad!

Estando involucrado personalmente en varios proyectos afectados por el confinamiento en su modo habitual de difusión, traté entonces de adaptarme a estos nuevos medios de comunicación. Sin embargo, después de varios intentos infructuosos de entregar mi trabajo de acuerdo con estas nuevas modalidades, tuve que rendirme ante la evidencia: mi entusiasmo habitual no estaba a la altura. Esos temas que en tiempos normales me llenan de vitalidad, de repente me parecieron desviados de una parte de su sentido, y me encontré —a pesar de mi voluntad— ¡incapaz de realizar esta conversión digital!


Traté de luchar contra esta falta de entusiasmo, sin éxito real. Y luego, una mañana, al levantarme, me apareció de repente la razón de este bloqueo.

Huésped de un proceso

Como muchas otras personas en estos tiempos de «crisis», me encontré con esta extraña paradoja de tener que pasar la mayor parte del tiempo en casa, en una época del año en la que normalmente paso la mayor parte de mis días fuera.


Desde el inicio del confinamiento, a mediados de marzo, las fases por las que he pasado son las que nuestra sociedad se ha visto atravesar en los últimos meses: indiferencia, curiosidad, miedo, asombro, resignación, luego para algunos rebelión... Libros enteros podrían ser —¡y serán, sin duda!— escritos sobre lo que nos ha habitado en el momento de encontrarnos con los efectos del virus SARS-CoV-2. Sin embargo, ése no es el objetivo de este artículo; la razón por la que menciono estas fases es que es importante para mí explicar mi propio camino a través de estos diferentes estados, con el fin de aclarar la razón misma de este texto, que habla esencialmente de nuestra pérdida del vínculo frente a las nuevas tecnologías.


Aunque yo mismo he pasado por muchas de esas fases, ¡he evitado por completo las primeras! De hecho, en el momento de las primeras medidas tomadas en Italia y Francia —durante el mes de marzo— estaba en mi concesión de Trappe [N. del T. territorio donde se practica la caza artesanal por medio de trampas], en el noroeste de Canadá, a varios cientos de kilómetros de toda actividad humana y aislado de los medios de comunicación habituales.


Sin embargo, cuando salí de los bosques a mediados de marzo, sólo me di cuenta muy gradualmente de lo que estaba sucediendo. Es porque el Yukón, es un territorio remoto de Canadá naturalmente aislado por su geografía ¡y con muy pocos habitantes! Allí los habitantes pudieron, en un primer momento, observar la llegada del virus sin verse afectados directamente.


Después de haberme informado sobre la actualidad mundial, si hubiera sido por mí me habría quedado con gusto en mi rincón del Ártico viendo el mundo enloquecer, sólo que... mi esposa y nuestras dos hijas estaban en Francia en ese momento. La estupefacción duró unos días, y luego, cuando se anunció el cierre gradual de los aeropuertos internacionales, no tuve más remedio que correr y esperar coger uno de los pocos aviones que aún volaban de Canadá a Suiza, mi país de origen, y esperar poder cruzar la frontera francesa.


Después de tres días de viaje y varios vuelos cancelados en el camino, finalmente pude reunirme con mi familia en la Drôme [N. del T. nombre de un departamento en el sureste de Francia]. En 10 días había pasado así de un «confinamiento» voluntario en las inmensidades de mi concesión de Yukón, a un confinamiento impuesto, en la ciudad. Aún en plena fase de estupor, tuve la agradable sorpresa (¡y no es irónico!) de desarrollar los síntomas de la enfermedad COVID-19, que me clavaron en la cama durante las dos semanas siguientes.


Al salir de la enfermedad a principios de abril, y bajo arresto domiciliario como todo el mundo, sentí progresivamente cómo pasaba del estupor al estado de resignación. Las ondas [de internet], la gente, los artículos y los videos en internet, parecían hablar sólo de eso: teníamos que resignarnos al confinamiento por el bienestar de los demás, por la supervivencia de todos.


Me resigné entonces. Al confinamiento, pero también a tratar de salvar lo que se pueda. La sociedad se organiza de otra manera, con los medios que tiene a su disposición: teletrabajo, teleconferencia, teleconsulta, telepatía (ah no, eso es otra cosa); internet y sus avatares se convirtieron en la solución milagrosa para mantener activas la mayoría de nuestras interacciones sociales y profesionales. Aún en una fase de resignación, al principio no opuse resistencia. Después de todo, estas soluciones paliativas me permitieron —como a todo el mundo— hacer vivir al mínimo mis actividades y mantener una apariencia de vínculo en un contexto en el que físicamente estábamos aislados. Una videoconferencia aquí, un aperitivo virtual allá, y heme aquí, yo muy trampero [N. del T. modo de vida/profesión del autor basada en prácticas milenarias de caza y vida en el bosque], ¡finalmente convertido al siglo XXI! La crisis del coronavirus teniendo éxito, en apenas dos meses, cuando 20 años de presión social y tecnocrática habían fracasado...


Pero eso fue antes de que entrara en mi vida ¡la fase de rebelión! Rebelión ante la impresión de haber sido manipulado por fuerzas que me sobrepasaban y sentir que apenas podía observar por medio de los sentidos... Sentidos que, precisamente, se ven socavados por un lado por la tendencia a la virtualización de lo cotidiano, y por el otro, ¡por la privación de una percepción física del mundo del otro!


Ahora atravesado por este sentimiento, observo mis comportamientos pasados y presentes desde una perspectiva diferente. Esa mirada es la de la desilusión, que me obliga a revisar mi postura ante las decisiones de la sociedad. Empezando por la complacencia de no cuestionar —demasiado— el uso masivo de las nuevas tecnologías, con el pretexto de que éstas nos permiten apoyar una organización social con necesidad de distanciamiento interpersonal, limitando al mismo tiempo nuestro impacto sobre el medio ambiente.

Como un reguero de pólvora mágica

Renunciaré aquí a intentar comprender y analizar la pandemia en curso, pues nadie está en este momento en condiciones de observar en retrospectiva este fenómeno. Sin embargo, nada nos impide observar las consecuencias sociales —directas e indirectas— de las decisiones tomadas por nuestros gobiernos —y ampliamente aceptadas por la sociedad— en la lucha contra la propagación de este virus. Entre ellas se encuentra, en particular, la creciente sensación de que el confinamiento, además de salvar vidas, habría permitido una desaceleración de nuestra civilización en su carrera por el consumo y, por lo tanto, en sus impactos ambientales. Un cielo particularmente despejado, desprovisto de las huellas habituales del tráfico aéreo, despierta impulsos optimistas por parte de mis vecinos, que se alegran de esta calma «que la Tierra, sin aliento, necesitaba con urgencia».


Es lindo; yo también quisiera creerlo. Sin embargo, no puedo ignorar el hecho de que el flujo de mercancías apenas si ha disminuido desde la crisis. Ahora bien, por sí solo, el transporte de mercancías —que se realiza principalmente por vía marítima— contamina más que la totalidad del tráfico aéreo y terrestre. Cada día —con coronavirus o sin él— más de 5.000 buques portacontenedores recorren los océanos para que nuestros alimentos y objetos cotidianos puedan ser entregados a tiempo. Miro a mi alrededor: la mayoría de los objetos que componen el interior de mi vivienda proviene de otros países; es decir, pasaron por la carga naval. Como mis hijos terminan por aburrirse, les compramos algunos juegos de mesa nuevos. Por suerte, hay una tienda de juegos cerca de mi casa. Esa tienda, preocupada por los aspectos medioambientales y del mercado local, vende juegos «made in France». ¡Genial! Como ejercicio, acabo de tomar la caja del último juego comprado, diseñado en Francia, por lo tanto, y hecho en madera, y me doy cuenta —con un poco de desconcierto, lo confieso—, que está hecho... ¡en China!


Si yo fuera pesimista, en este punto de desarrollo del texto diría que aquí hay una creencia («la crisis permite una desaceleración del tráfico humano y reduce nuestras emisiones de gases de efecto invernadero») que necesariamente servirá a la causa del green washing [pintar de verde lo que en realidad contamina y causa daños a la biósfera] posdesconfinamiento: en lugar de coger un avión, ¡cómprate un coche eléctrico y salva el mundo! Sólo que, soy más bien fatalista... y el green washing, por desgracia, no es más que la punta del iceberg.

El dominio de las tecnologías de la información y la comunicación


Las medidas adoptadas ante la aparición de la pandemia, y luego el miedo generado por la forma en que los medios de comunicación se han naturalmente apoderado del tema, han precipitado a la mayoría de las personas hacia un mayor uso de las tecnologías de la información y la comunicación. Desde el inicio del confinamiento, el uso global del ancho de banda se ha visto aumentado en un 30%. Ahora bien, el uso medio de internet antes del confinamiento era ya de —¡agárrese bien!— ¡6 horas y 39 minutos al día por usuario! [1]


Obligados a quedarnos en casa, muchos de nosotros no hemos tenido otra ventana al mundo que la que ofrecen las interfaces digitales. Vínculos sociales, familiares, profesionales: la conexión digital y sus extensiones han llegado para reemplazar nuestras interacciones habituales de forma natural; y como nuestra sociedad está «en estado de guerra» —nos ha repetido el gobierno—, no es el momento de tomar distancia. Lo que permitiría, sin duda, a nuestra sociedad observar todo esto con una mirada más crítica y con discernimiento.


En cambio, las posibilidades que se nos presentan a través de la informática nos parecen de repente magníficas oportunidades para mantener nuestras actividades y nuestros vínculos, limitando al mismo tiempo su impacto medioambiental. Millones de personas comenzaron a trabajar, estudiar, enseñar, transmitir... a través de internet, teléfonos inteligentes y aplicaciones que permiten esta nueva organización de la comunicación. En apariencia, los beneficios del nuevo mundo conectado parecen infinitos: instrucción para todos, acceso ilimitado al conocimiento, posibilidad de organización creciente, compartir todo sobre todo... Estas posibilidades informáticas actúan como una bocanada de aire en una vida diaria confinada que huele a encierro, y actúan para muchos de nosotros como un destello de esperanza ante un futuro incierto. Y luego, como ya no nos desplazamos, contaminamos menos, ¡lo que no hace más que añadir simpatía al capital por nuestra reorganización social digital!


Desafortunadamente no es tan simple.


Acostumbrado a los inmensos bosques boreales y a los territorios donde los humanos son discretos, tengo quizás una mayor propensión —comparado con el ciudadano promedio— a sentirme prisionero cuando estoy entre cuatro paredes... Sin embargo, me di cuenta de que yo mismo me había dejado llevar por este juego sin darme el tiempo de plantearme esta pregunta: ¿al aceptar deslizarme hacia un mayor uso de las herramientas digitales, me pongo al servicio de qué?

Desconfinar nuestro imaginario

Desde el inicio del confinamiento el comercio en línea ha explotado, así como las teleconsultas y la «continuidad pedagógica». Lo mismo ocurre con el ocio: deportes, teatro, festivales, conferencias, shows; literalmente todo lo que se puede filmar, ha reclamado su lugar en la web. Así, la diversidad de las actividades cotidianas se ha visto remplazada por sustitutos virtuales, las cuales ocurren a través de la pantalla. Una sola actividad que contiene a todas las demás.


Me parece que podríamos haber esperado resistencia, pero hay que constatar que, por una vez, todo el mundo parece estar de acuerdo: los gobiernos y los GAFAM [N. del T. Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft] alientan al mundo a esta conversión digital de nuestras vidas y, sorprendentemente, ¡nadie parece estar en contra! Los que se oponen a la globalización, los grupos climáticos, los ecologistas e incluso los más fervientes defensores de un cambio profundo en nuestra civilización están sorprendentemente callados sobre esto; todo el mundo parece ignorar felizmente el hecho de que el mundo digital es precisamente el centro de esta globalización, y que el encuentro de la inteligencia artificial, el Big Data y las nuevas capacidades de conexión, alimentan ambiciones propias a las megaempresas [mutinacionales] y a los Estados vigentes. En este clima de crisis sanitaria, la reorganización social gracias a internet es un verdadero laboratorio que permite a Estados como Francia dar un gran salto hacia la digitalización de la sociedad. El impulso digital que estamos viviendo está acelerando la eliminación de puestos de trabajo en beneficio de aplicaciones; y lo mismo ocurre con todos los servicios públicos en favor de portales digitales. El despliegue de las actividades humanas gracias a las hipertecnologías no hace más que acentuar los problemas de ecología, la precariedad y las desigualdades sociales. Y entonces, ¿por qué este silencio?


Las protestas por el clima han insistido en la necesidad de reducir nuestras emisiones de CO2 señalando el transporte y la industria, pero ¿quién se ha tomado el tiempo de hablar de la energía necesaria para hacer funcionar los servidores que proveen internet? Según Gerard Fettweis —investigador especializado en el consumo energético de las telecomunicaciones— ¡el consumo actual de internet en la Tierra representa la producción eléctrica de más de 100 centrales nucleares! Si Internet fuera un país, sería el tercer mayor consumidor de electricidad del mundo, justo detrás de los Estados Unidos y China. En 2017, por ejemplo, Inglaterra necesitaba la producción de electricidad de dos centrales nucleares para alimentar su red de internet...


Frente a este hecho, frente al paso forzado del capitalismo industrial al capitalismo digital, frente a las inclinaciones de ciertos gobiernos —entre ellos el de Francia— a utilizar estas nuevas tecnologías con fines de vigilancia y de control de la población, me pareció importante plantearme de nuevo esta pregunta: «¿No estoy alimentando un sistema económico y político radicalmente antisocial y anti-naturaleza cuando decido publicar un video [¡o un artículo!] en la web para sustituir un curso o una conferencia?» La respuesta me parece, hoy más que nunca límpida: «¡Sí!»


«Medium is the message [El medio es el mensaje]», me susurra al oído Marshall McLuhan, teórico de la comunicación y especialista de los medios de comunicación hasta los años 1980. Hoy, más que nunca, su mensaje parece estar en lo correcto. Tenemos que abrir los ojos ante lo que está sucediendo. Creíamos —¡yo el primero!— que internet era un medio maravilloso para comunicar y difundir nuestras ideas y proyectos; sin duda es el caso de temas relacionados con el desarrollo de la tecnología. Por el contrario, si las ideas que tratamos de promover están relacionadas con el mundo salvaje, con la conservación de los ecosistemas y con nuestra naturaleza humana, entonces tenemos que reconocer que utilizando los medios de comunicación modernos para difundir nuestro mensaje, contribuimos ante todo al mantenimiento del sistema global. El mismo sistema que hoy genera todos los desequilibrios contra los que luchan precisamente el mundo de la ecología y los defensores de la igualdad social.

La teoría de la escafandra



Vivir en medio de los bosques boreales requiere un trabajo de atención diario. El frío, las distancias, la fauna, la topografía, todas ellas son invitaciones a desarrollar una agudeza que podríamos llamar «el arte de la caza». No se trata tanto de cazar un animal, sino de ser capaz de responder en todo momento a esta simple pregunta: «¿Qué está en juego aquí y ahora?»


Para responder a esta pregunta, hay que estar inmerso en el corazón del mundo y estar profundamente conectado con todo lo que lo compone. Es un vínculo carnal y sensual que trasciende ampliamente nuestra capacidad de razonar, para activar nuestra capacidad de resonar —para vibrar con el entorno—. Puede parecer un poco confuso, pero es fácil dar ejemplos. Cuando corremos por el bosque, por ejemplo, ¡la voluntad que mueve nuestros pies no tiene nada que ver con ninguna reflexión! Si en cada paso tuviéramos que analizar el terreno y deducir la posición de nuestros pies en el momento de tocar el suelo, a duras penas caminaríamos. En cambio, todos nuestros sentidos se conectan literalmente con el suelo, con sus asperezas, pero también con el bosque circundante, con los árboles, con el cielo, con el viento... ¡Ésa es la verdadera conexión!


Y es esta conexión la que hay que curar a toda costa. De lo contrario, ¡pronto no habrá necesidad de viajar a Marte para vivir la experiencia de ser ajeno al planeta que pisamos!


¿Cómo no ver lo obvio? Distanciamiento social, conexiones virtuales, inteligencia artificial; ¡todas estas tendencias nos están arrancando del mundo! ¡Qué ironico creer que estamos conectados precisamente cuando nos estamos desconectando del mundo! ¡Debemos despertar, porque lo que está en juego no es nada menos que la pertenencia a nuestra familia! Digan lo que digan los promotores de los mundos artificiales, no hay salida para los humanos al final de este camino. Si en cada ocasión de ser moldeada por el mundo de lo vivo nuestra sociedad moderna se resiste, entonces no está muy lejos el tiempo en que los humanos tendrán que pasearse con una escafandra en su propio planeta.


Esta crisis exige elegir: acoger las fuerzas que nos hacen miembros de la comunidad de los vivos u oponerles resistencia, a riesgo de llegar muy rápidamente al punto de no retorno. Y este punto de no retorno es el de la apoptosis, proceso por medio del cual las células de un cuerpo desencadenan su autodestrucción en ausencia de señal de este último... ¿Nos suena familiar?

Die, Francia. Mayo de 2020

Kim Pasche


[1] Cifras del primer informe trimestral 2020 de Hootesuite et We Are Social, dos organismos que observan hábitos relacionados con el uso de internet.

Traducción y revisión:

Alejandro Balentine, Nelly Servigne, Marga De Viveros y Alan É. Suárez

Octubre 2020