Pablo Servigne: «La ley del más fuerte es un mito»

Actualizado: 10 de dic de 2019

Los biólogos Pablo Servigne y Gauthier Chapelle acaban de publicar el libro La ayuda mutua, la otra ley de la selva [L’entraide: l’autre loi de la Jungle] (Editorial Les Liens qui Libèrent), y demuestran —apoyándose en numerosos estudios científicos sobre el mundo los seres vivos— que la ayuda mutua, la cooperación y la solidaridad juegan un papel determinante en la evolución, y que lo mismo sucede con los seres humanos. Demostración.

Traducción de la entrevista original en francés, publicada por la revista Alternatives Economiques el 26 de diciembre de 2017. Comentarios recopilados por Catherine André.

Revista Alternatives Economiques (AE): En su último libro, La ayuda mutua, la otra ley de la selva, ustedes muestran que la mitología de «la ley del más fuerte» que hizo emerger una sociedad tóxica a la larga no tiene fundamentos sólidos en el mundo de los seres vivos.


Pablo Servigne (PS): Durante siglos nos han hecho creer que la competencia es natural, y que es la única ley del mundo de los seres vivos. También nos han hecho creer que es bueno que nuestra sociedad se someta a esta «ley». Sin embargo, la competencia extrema no sólo es inviable para los individuos y peligrosa para la supervivencia de una sociedad, sino que nos dimos cuenta de que la ayuda mutua desempeñaba un papel importante en la evolución biológica y en las interacciones entre los seres vivos.

«Nos dimos cuenta de que la ayuda mutua desempeñaba un papel importante en la evolución biológica y en las interacciones entre los seres vivos».

Gauthier Chapelle y yo —siendo naturalistas y biólogos de formación, y teniendo desde niños esta sensibilidad hacia los seres vivos— teníamos esa intuición de que no sucedía así en la naturaleza. Hemos reunido numerosos trabajos científicos para mostrar la importancia de la ayuda mutua, para llegar a tener una visión global de esta «otra ley de la selva».


La tarea es ardua, porque la ideología de la competencia generalizada es muy poderosa. Digamos que estamos atacando un mito, una creencia inconsciente. Hagan un experimento: pregúntenle a varias personas si creen que el ser humano es egoísta o altruista por naturaleza… La gente suele responder «egoísta» —con un criterio realista—; lo contrario sería visto como ingenuo. Ésta es una creencia profundamente arraigada en nosotros.

«La tarea es ardua, porque la ideología de la competencia generalizada es muy poderosa».

Habiendo trabajado sobre las hormigas durante mis años de investigación, descubrí la sociabilidad en los animales; luego me interesé por las plantas, los árboles, las bacterias, los hongos, etc. Luego me tomé la libertad —siendo biólogo— de extenderme a las ciencias humanas, lo cual al principio fue bastante delicado, porque a ellas no les gusta que los biólogos vengan a meter la nariz en sus asuntos, ¡y sobre todo porque la bibliografía es inmensa!


Sobre este tema reunimos aproximadamente 300 libros y más de 4000 artículos científicos de todas las disciplinas. Lo que nos interesaba era el enfoque transdisciplinario, comprender el principio de todas esas fuerzas que asocian a los seres vivos —a diferencia de todas las que los separan (competición, egoísmo, agresión, etc.)—. Lo que crea cohesión es la ayuda mutua, la solidaridad, los mutualismos, la cooperación, el altruismo, la empatía…


AE: ¿Cuál es el alcance de estas fuerzas?


PS: Nosotros encontramos muchísimos ejemplos: los pingüinos que se reúnen para resistir el frío, las leonas que cazan juntas, los árboles que redistribuyen nutrientes a los más débiles a través de un hongo de la raíz, o incluso los millones de asociaciones entre especies como en la polinización o las hormigas que defienden un árbol en el que habitan y que a su vez produce alimento para sus guardianas. Los ejemplos son infinitos, porque todos los seres vivos, absolutamente todos, están implicados en varias relaciones mutualistas. La cooperación y la ayuda mutua no tienen nada de anecdótico: están por todas partes y desde los albores de la historia; son incluso un motor evolutivo. Más que una «ley de la selva» —aunque no me gusta mucho esta expresión, porque sugiere que deberíamos someternos a ella—, la ayuda mutua es realmente un gran principio vital.

«La mayoría de la gente no tiene acceso a estos estudios, e incluso en las universidades es muy raro oír hablar sobre el tema, especialmente en las facultades de Economía, donde la prioridad es la competencia».

Nuestra sociedad se ha vuelto extremadamente capacitada en la competición. El objetivo de nuestro libro es ayudar a edificar una cultura de cooperación, para que nuestra sociedad vuelva a capacitarse en cooperación y altruismo. Ya no es suficiente contar con el sentido común y la intuición para construir sociedad; tenemos el deber de volvernos realmente competentes en cooperación y altruismo. Cuando haya escuelas de negocios totalmente dedicadas a la cooperación, con «premios Nobel» que recompensen la investigación sobre el altruismo, entonces podremos hablar seriamente de un proyecto de sociedad.


AE: ¿Cómo crear cooperación dentro de un grupo?


PS: Hablando sobre seres humanos, hay tres ingredientes principales que hay que reunir para que la cooperación surja al interior de un grupo; tres sentimientos que los individuos deben sentir:


1) El sentimiento de seguridad, en particular con respecto a quién pertenece al grupo y a quién está fuera de él —las normas que el grupo adopta deben respetarse absolutamente—.

2) El sentimiento de igualdad y equidad, ya que un sentimiento de desigualdad o injusticia es sumamente tóxico para la cohesión de un grupo, ya que provoca comportamientos antisociales y deserción. Cuando la membrana de seguridad desaparece y surge el sentimiento de injusticia, cada uno se esconde en su pequeño caparazón, y el grupo cae nuevamente en la competencia individual, el miedo y la desconfianza.

3) El sentimiento de confianza: cuando se logra crear confianza, cuando las personas ya no tienen miedo de ser ridiculizadas o rechazadas, el estrés disminuye, y la energía desperdiciada en la desconfianza se puede redirigir hacia el bien del grupo, y esto genera más autenticidad. Todo esto forma grupos más poderosos.


Sin embargo, hay un riesgo en todo esto: cuanto más impulsamos la cohesión del grupo, más tendemos a excluir a quien no pertenece a él, a cerrar el grupo. Una ultracooperación dentro del grupo puede generar una ultracompetencia entre grupos. Este es uno de los escollos de la ayuda mutua. ¡No es un mundo color de rosa, ni una panacea! Podemos ayudarnos muy bien mutuamente para masacrar al vecino. Lo que describimos aquí son sólo algunos de los mecanismos de ayuda mutua humana.


AE: En su libro anterior (Cómo todo puede colapsar) ustedes abordan el delicado tema de un posible colapso de nuestra sociedad. ¿Cómo llegaron a esta idea?


PS: Yo dejé el mundo académico en el 2008, donde estudiaba el comportamiento de las hormigas, pero sentía que eso no iba a resolver los problemas del planeta… Así que seguí compilando trabajos científicos, pero con un propósito de educación popular. En particular, trabajé en un informe para el Parlamento Europeo en el 2013 sobre la cuestión del futuro de los sistemas alimentarios en Europa, y llegué a la conclusión de que éstos podían colapsar en la década siguiente, lo que dio como resultado el libro Alimentar a Europa en tiempos de crisis: hacia sistemas alimentarios resilientes (Babel, Actes Sud, 2017). Luego, con mi amigo Raphael Stevens seguimos tirando del hilo y nos apasionamos por el tema del colapso de nuestra civilización, y reunimos una gran cantidad de pruebas y muchos estudios serios, que luego compilamos en el libro Cómo todo puede colapsar (Le Seuil, 2015).

«Nuestra corazonada es que este colapso ya comenzó, y que es difícil detenerlo. Ya no se trata de intentar evitarlo».

Nuestra corazonada es que este colapso ya comenzó, y que es difícil detenerlo. Creo que vamos a vivirlo, y que ya no se trata de intentar evitarlo, sino de vivirlo lo mejor posible. Podemos usar esta metáfora: un árbol grande se está cayendo, y podemos gastar mucha energía para tratar de retenerlo; pero para mí es inútil, es un desperdicio de energía. Es mejor tratar de poner su energía en los brotes jóvenes. Esta metáfora —más bien amable— esconde de hecho realidades más oscuras: es muy posible que los años venideros sean muy duros.


Pero cuidado: aceptar la idea de un colapso no significa no hacer nada; al contrario, se trata de volver a ser realistas, de otorgarse el poder de hacer cosas concretas, para preparar el mundo que viene. Para mí, hoy la utopía es pensar que todo va a continuar como antes; estamos realmente cambiando de mundo.


AE: ¿Ya casi nos estrellamos contra el muro?


PS: En realidad no hay muro. Estamos en un carro que no solamente acelera (antropoceno), sino que ya no tiene más gasolina (las energías fósiles están por acabarse), que se ha salido de la carretera (perturbación de los sistemas climáticos y de los ecosistemas) y que baja por una pendiente a toda prisa en medio de la niebla y con muchos obstáculos. Seguimos presionando el acelerador, con el indicador de gasolina mostrándonos que estamos usando la reserva. Y para colmo, el volante está bloqueado por una gigantesca inercia social. Estamos atascados en esta trayectoria. ¡Es terrible! Todo esto sólo puede acabar mal.


AE: ¿El libro sobre la ayuda mutua es una respuesta al colapso que se avecina?


PS: En cierta forma sí, a pesar de que lo estábamos preparando mucho antes de todo este asunto del colapso. Pero es cierto que desde hace cuatro o cinco años, desde que damos conferencias sobre los desastres globales, hemos observado que todos los sectores se plantean la cuestión del caos social: «¿no corremos el riesgo de matarnos entre todos?». No se trata sólo de un capricho de círculos ecologistas limitados, sino de una idea que está en el aire. Hemos sido invitados por partidos políticos, por grandes gobiernos; hemos sido contactados por artistas, militares, profesores universitarios, sindicatos, empresarios… Puedo asegurar que hay gente en las esferas más altas que realmente cree en ello.

«Desde que damos conferencias sobre catástrofes globales, hemos observado que todos los medios se plantean la cuestión del caos social».

El problema es que la gente está convencida de que la naturaleza —y por extensión, también la humana— es competitiva, egoísta y violenta. Todos piensan que si los gobiernos desaparecen, se encontrarán con un estado supuestamente «salvaje», es decir —y según el mito—, una lucha de todos contra todos, violenta y brutal. ¡Pero es sólo una creencia!


AE: ¿Por qué se ha desarrollado esta creencia?


PS: Ha habido claramente una institucionalización de la competencia, con el ascenso al poder del neoliberalismo desde hace medio siglo; pero podemos remontarnos al inicio del capitalismo, en plena Inglaterra victoriana, donde las teorías de Darwin fueron interpretadas en el sentido de la «ley del más fuerte», especialmente por Herbert Spencer, basadas en algo que Darwin nunca dijo.

«El nacimiento del liberalismo se basó en la creencia de que el mundo salvaje era necesariamente egoísta y sangriento».

Frente a eso, el filósofo Jean-Claude Michéa propone la hipótesis de que son los decenios de guerras religiosas del Medioevo los que traumatizaron a los europeos, y que los filósofos de la época crearon entonces un sistema político con una ética mínima, que tenía que delimitar nuestros impulsos egoístas y agresivos a través del mercado y de un Estado fuerte. Así nació el liberalismo, basado en la creencia de que el mundo salvaje era necesariamente egoísta y sangriento.


AE: ¿Y en la naturaleza?


PS: Es simplemente increíble. Junto a Gauthier Chapelle nos dimos cuenta de que en todo el espectro de lo viviente —desde el ser humano hasta los hongos, desde el fitoplancton hasta los árboles, pasando por los animales y por las bacterias—, cuanto más hostil y difícil era el medio, más se propagaba la ayuda. En cambio, cuanto más abundante y rico era el medio, más se desarrollaba la competencia. Es totalmente contraintuitivo.


Por ejemplo, en la montaña, en el fondo del valle, donde se vive bien, los pinos y los abetos compiten; pero en las alturas, donde hace frío y los nutrientes son más escasos, se ayudan unos a otros. Lo mismo ocurre con dos cepas de levadura, que se hacen la guerra cuando viven en un medio de abundancia, pero se ayudan mutuamente —e incluso forman una simbiosis— cuando el medio se empobrece experimentalmente.

«En el fondo del valle, donde se vive bien, los pinos y los abetos compiten, pero en altitud, donde hace frío y los nutrientes son más escasos, se ayudan mutuamente».

Reflexionando un poco, todo esto es lógico; vivir en abundancia permite el lujo de poder decir a su vecino: «No te necesito, puedo vivir solo». El individualismo es realmente un lujo, y sólo nuestra época —desmesuradamente rica, gracias a los combustibles fósiles— ha podido desarrollar tales niveles de individualismo. La riqueza crea un sentimiento de independencia que es muy tóxico —a largo plazo— para la vida social y para la vida en general. Es mucho más sano y resistente cultivar un sentido de interdependencia, tanto con los demás humanos, como con los no humanos.


Por lo tanto, el problema no es la escasez que se avecina, porque los humanos han sabido manejar esto durante cientos de miles de años; el problema sería llegar a la escasez con una cultura de competencia y egoísmo.

«El problema es llegar a los tiempos de la escasez con una cultura de la competencia y del egoísmo».

En la naturaleza, de hecho, los que no se ayudan unos a otros, simplemente mueren primero. Los que sobreviven no son necesariamente los más fuertes, sino los que se ayudan mutuamente. Estamos redescubriendo un gran principio de la evolución de la vida, que nos ha hecho pensar —a Gauthier Chapelle y a mí— que estamos llegando a la edad de la ayuda mutua. No es que todo el mundo vaya a ayudarse mutuamente, pero es seguro que los grupos más cooperativos sobrevivirán a la tormenta, como ha sido el caso durante millones de años. Las tormentas que se avecinan simplemente anuncian el fin del individualismo.


AE: En su libro habla de una «nueva sociobiología»; ¿en qué se diferencia ésta de la sociobiología de los años setenta?


PS: La antigua sociobiología de los años setenta desencadenó, y con gran éxito, una importante polémica, al justificar una ideología desigual y racista —retomada en Francia por la Nueva derecha—. La hipótesis científica era que el altruismo nacía de la proximidad genética entre individuos; ayudábamos a los que se parecían a nosotros genéticamente. ¡Imagínense esto aplicado a los seres humanos! Y sin embargo, en cuarenta años la hipótesis no ha sido confirmada.


Hoy, la «nueva sociobiología» toma el mismo contrapeso teórico. Algunos biólogos, entre ellos el mismo Edward O. Wilson [el fundador de la sociobiología de los años setenta], han redescubierto la idea de que los genes no son la causa del altruismo y de la ayuda mutua, sino más bien la influencia del ambiente hostil. También han redescubierto una intuición que ya tenía Darwin: el hecho de que son los grupos más cooperativos los que sobreviven mejor. Es un principio que ya había enunciado Darwin, y también el gran geógrafo y anarquista ruso Pierre Kropotkine a finales del siglo XIX. Pero la ciencia del siglo XX ha olvidado esto, centrándose únicamente en la genética y en la selección individual.

«No son los genes los que originan el altruismo y la ayuda mutua, sino más bien la influencia del ambiente hostil».

Para ser más claro, la nueva sociobiología dice que la evolución es un equilibrio entre dos fuerzas: dentro de los grupos, son los egoístas a quienes les va mejor, se extienden, pero terminan destruyendo la cohesión de los grupos. Al mismo tiempo, son los grupos más cooperativos los que mejor sobreviven. Hay un equilibrio entre estas dos fuerzas opuestas, lo cual es maravilloso. Esto explica por qué en la naturaleza se encuentra todo un continuum entre el egoísmo y el altruismo, con un cursor que se desplaza en función del ambiente.


AE: ¿Entonces no debemos rechazar la competencia?


PS: No, en absoluto, es también un gran principio vital. No se trata de negar que la competencia existe en la naturaleza, porque es un hecho; el problema es institucionalizarla y basar las relaciones sociales en ella. Hoy en día mucha gente está harta de este estrés permanente. La competencia la soportamos durante un período de tiempo muy corto, y sólo hace progresar a los individuos que están preparados; pero a largo plazo y para las personas que no están preparadas, es muy estresante, e incluso tóxico; provoca enfermedades, desgastes…


Estamos tratando de contribuir a la creación de una cultura de cooperación, que de hecho ya está surgiendo. No somos los únicos ni los primeros en hacerlo; antes de nosotros estuvieron Mathieu Ricard, Jacques Lecomte, Patrick Viveret, Jean-Marie Pelt, Albert Jacquard, o el movimiento de los convivencistas…

«Es realmente urgente y necesario actuar ahora para evitar un caos social».

Es realmente urgente y necesario hacernos cargo de esto desde ya, y es un verdadero desafío, porque lo hacemos en un ambiente ideológico totalmente opuesto, mientras los poderosos mantienen una mitología competitiva que separa a la gente. Por cierto, aquí es donde se pone interesante, porque las élites también se ayudan unas a otras para conservar sus privilegios. Por consiguiente, es necesario proporcionar a toda la población una caja de herramientas conceptuales, para que todos puedan cooperar.


AE: Efectivamente, hoy somos testigos del surgimiento de una cultura de cooperación…


PS: Es cierto, están surgiendo formas de organización más horizontales, más cooperativos; un «poder lateralizado» —como dice Jeremy Rifkin—. Formas como el peer to peer, la economía colaborativa, etc. Estoy convencido de que esto está emergiendo, porque es mucho más poderoso que la vieja economía competitiva, jerárquica, piramidal, que de hecho ya está colapsando. Hay, sin embargo, un pequeño atenuante: una economía horizontal y colaborativa no es necesariamente buena en sí misma; hay que cuestionarse sobre la razón de ser de estas empresas. Si el objetivo de ellas es de todas maneras remunerar a unos pocos accionistas, entonces no tienen nada de interesante; y es además peligroso, porque estas sociedades son más poderosas.


AE: ¿Cómo se posicionan los economistas ante estos desafíos?


PS: La mitología del homo economicus —racional y egoísta— es totalmente anticuada; ya no tiene sentido. Grandes investigadores —entre ellos algunos premios Nobel—, ya lo han demostrado. Pero lo perturbador es que seguimos creyendo en él…

«Los economistas están en su propia caja de arena, aislados de las demás disciplinas».

Si miramos los gráficos que muestran las interconexiones entre las disciplinas científicas, hoy casi todas están interconectadas, se fertilizan, trabajan juntas —biología, física, ecología, sociología, genética, informática, etc.—. Todas, excepto la economía, que permanece aislada de las demás… Los economistas tienen su propia caja de arena. Cuando René Passet escribió su obra mayor, Lo económico y lo vivo (Economica, 1996), ésta pasó desapercibida; los economistas no la entendieron. La economía no es sólo una disciplina que trabaja en un ambiente cerrado, sino que también está fuertemente influenciada por los sectores más ricos y poderosos. Por supuesto, algunos economistas crean vínculos con otras disciplinas, pero lamentablemente son pocos, y menos escuchados.


AE: ¿Por qué es tan difícil creer en la cooperación, en la ayuda mutua, en el altruismo?


PS: Lo lamentable es que la ayuda mutua ha existido desde el principio de los tiempos, siempre frente a nuestros ojos, pero se ha vuelto invisible. La escuela, la seguridad social, las cooperativas, los sindicatos, el Estado y las empresas, son instituciones extremadamente poderosas de ayuda mutua. ¡Ya no las vemos así porque nos pusimos los lentes de la competencia! Nuestro imaginario está terriblemente empobrecido.

«Si un bosque es resiliente, es porque los árboles viejos, sólidos y vigorosos, transmiten nutrientes a través de las raíces a los árboles jóvenes, a los más débiles».

Esta cuestión de la narrativa y del imaginario es la clave para mí. Por eso nuestro libro es, al mismo tiempo, una síntesis científica para actualizar nuestro estado de conocimientos, y un libro político, porque puede crear detonantes, rupturas en la imaginación.


Si un bosque es resiliente [que se adapta a las situaciones adversas], es porque los árboles viejos, sólidos, fuertes y vigorosos, se hacen cargo y transmiten nutrientes a través de las raíces a los árboles jóvenes, a los más débiles, e incluso entre diferentes especies. Comprender eso cambia nuestra visión del mundo.


Otro ejemplo: cada ser humano es una asociación de varios niveles de ayuda mutua, primero entre bacterias para formar células, luego entre células para formar un cuerpo, y luego con otras especies vivas para alimentarse, y con otros humanos, para crecer y transmitir la cultura. Somos la ayuda mutua en carne y hueso.

«Paradójicamente, este poder nos hace hoy tan vulnerables, porque lo hemos destruido todo».

Pero somos una especie ultrasocial. Debido a que somos pequeños simios, muy vulnerables al nacer, incapaces de sobrevivir solos, hemos tenido que desarrollar una sociabilidad extrema… Así que es nuestra vulnerabilidad lo que nos hizo tan poderosos. Y paradójicamente, es este poder lo que nos hace hoy tan vulnerables, porque lo hemos destruido todo.


AE: Entonces, y contrariamente a lo que se cree, la ayuda mutua es espontánea en el ser humano…


PS: Sí, es de hecho otra extraordinaria revelación. Tomemos las increíbles experiencias en psicología y economía, que muestran que si experimentamos provocando estrés en las personas, cuando se les obliga a responder rápidamente cooperan más, son más prosociales y colaboran más por el bien común; pero cuando se les pide que reflexionen, que se tomen su tiempo para responder, que entren en razón, se muestran más egoístas y colaboran menos con el bien común.

«Los investigadores muestran que en el epicentro de las catástrofes hay mucha ayuda mutua, altruismo extremo, autoorganización y calma».

Todo esto confirma los resultados de los sociólogos y de los psicólogos que han recogido y estudiado los testimonios de los supervivientes de los desastres —tsunamis, ataques terroristas, huracanes, terremotos, etc.—. Los investigadores muestran que en el epicentro del fenómeno hay mucha ayuda mutua y altruismo extremo, así como autoorganización y calma, pero nunca cunde el pánico. Va en contra de nuestras creencias, y de las películas de Hollywood.


¿Y entonces? ¿Podríamos ser espontáneamente altruistas? Este interrogante produce también una grieta en nuestra imaginación. Como nuestra sociedad cree en la ciencia, estos resultados pueden crear tales grietas. Después, cada uno vivirá a su manera y se comprometerá a cambiar el mundo. De hecho, gran parte de la ayuda mutua ya está ahí, en la naturaleza, pero también dentro de nosotros; basta con creer en ella, y luego interesarse por ella. Esto es muy emocionante, y nos abre perspectivas insospechadas para llegar a vivir plenamente las tormentas venideras.

Pablo Servigne es un investigador independiente, ingeniero agrónomo y doctor en biología. Ha publicado con Raphael Stevens Cómo todo puede colapsar: pequeño manual de colapsología para el uso de las generaciones presentes (Le Seuil, 2015), y con Gauthier Chapelle La ayuda mutua, la otra ley de la selva, (Les liens qui Libérent, 2017).


Traducción hecha por el grupo Colapsología, resiliencia y resistencia América Latina (GCAL): Nelly Servigne, Juliana Castaño, Alan Suárez y Alejandro Balentine.