«Es posible que nuestra sociedad se degrade mucho más rápido que las antiguas civilizaciones»

Actualizado: 26 de jul de 2019

El diario francés Le Monde se ha cuestionado durante toda la semana sobre las formas de luchar contra el cambio climático. Pablo Servigne, ensayista y teórico de la colapsología, responde a sus preguntas.

Entrevista publicada por el diario Le Monde el 14 de diciembre de 2018

Tiempo de lectura: 5 minutos

El diario francés Le Monde se ha preguntado durante toda la semana sobre las formas de luchar contra el cambio climático. Viernes: ¿podemos actuar colectivamente frente a la urgencia climática? Pablo Servigne, ensayista y teórico de la colapsología, responde algunas preguntas de los internautas.


Richard: ¿Cómo llegaron ustedes a la colapsología? ¿Y qué es exactamente?


Por mi formación científica, yo tenía acceso a muchas publicaciones sobre el estado del mundo —biodiversidad, clima, energía, finanzas, etc.—; me di cuenta de que el gran público no estaba bien informado, y de que no tenía muchas ganas de escuchar sobre esos temas. Desde hace varios años —a partir del 2009— he escrito y he realizado conferencias para informar lo mejor posible al mayor número de personas, para que nuestra sociedad se pueda preparar…


Encontramos muchos trabajos sobre el posible colapso de nuestra sociedad… ¡incluso de la biósfera! Junto a Raphaël Stevens, todo eso nos ha generado mucha pasión; no somos los únicos que han profundizado en este tema, pero sí hemos logrado un acercamiento transdisciplinario en cuestión del colapso de nuestra civilización. Es lo que hemos llamado Colapsología: la unión de las disciplinas científicas que tratan sobre el tema.


Nicolás: ¿Cómo organizarse colectivamente a escalas creíbles y funcionales, en un contexto de post-colapso? ¿Cuál sería la mejor escala —si es que hay una— para eso?


¡Es la gran pregunta que inquieta a todo el mundo! Para empezar, es importante decir que es necesario, y que es posible, organizarse colectivamente. Esto no es evidente para todo el mundo; el problema es que si todos nos ponemos de acuerdo sobre los hechos —clima, biodiversidad, etc.—, cada uno tiene enseguida una pequeña idea sobre qué hacer… y al final terminamos peleándonos. Es una cuestión —la de las catástrofes globales— que atraviesa el escenario político, todas las ideologías, todas las creencias… Por otra parte, ¡esta acción es posible a todas las escalas!: personal, familiar, municipal, regional, nacional, europea, internacional, humana, de toda la biósfera.


Sería un poco presuntuoso de mi parte decirle a la gente lo que tiene que hacer. Por el momento, lo que hemos hecho con nuestros escritos es dar herramientas conceptuales, para que cualquiera llegue a ponerse de acuerdo con sus propias sensibilidades. Algunos querrán hacer presión sobre Europa, otros se querrán comprometer con una ZAD zona a defender—; otros crearán grupos de conversación, o crearán un diario, o irán a protestar a la COP —conferencia de partidos—, etc.


Personalmente, no me gustan mucho las grandes escalas —es decir, más allá de la regional—, porque le abren la puerta a los poderes y a las relaciones de dominación —a los abusos—. Esas escalas mayores necesitan de una complejidad muy grande, y esto puede resultar decepcionante; aunque esto no quiere decir que haya que abandonarlas. Creo que no hay que dejar caer toda la responsabilidad —salvadora— sobre el Estado. Para terminar, hay que decir también que este tema es un trabajo inmenso que hasta ahora está comenzando.


MissMaud: ¿Cómo hacer para que el concepto de decrecimiento sea una realidad —porque es necesario— sin que genere rechazo?


Creo que todo empieza por las palabras y por los discursos. Es exactamente lo que dice Cyril Dion en su último libro, Pequeño manual de resistencia contemporánea. La palabra decrecimiento significa diferentes cosas para las personas: él nos cuenta una historia diferente según el nivel educativo, según las ideologías de cada uno, etc.


A lo que tenemos que apuntar ahora, es a ponernos de acuerdo sobre un tema en particular —o sobre varios—, y a co-construirlo juntos; abrir nuevos horizontes. Pienso en la frase de Antoine de Saint-Exupéry que citamos en nuestro último libro: «Cuando quieres construir un barco, no empiezas juntando madera, ni cortando tablas, ni distribuyendo trabajo; empiezas despertando en el interior de los hombres el deseo del bello y grande mar».


Si estás convencido de que el decrecimiento —u otra cosa: un discurso, un concepto— será bello y grande, y de que dará sentido a tu mundo, entonces te pondrás en acción, y nadie te detendrá… Pero los discursos se hacen juntos, ¡y es eso lo que está empeorando! Es necesario llegar a hacer una «comunidad de destino», como diría Edgar Morin. Yo creo que nuestra época se ha convertido en un gran campo de batalla de discursos —conscientes— y de mitos —inconscientes—, y resulta muy difícil adivinar cuál de los dos ganará la pelea…


Icilaterre: ¿A qué escala de tiempo contemplan ustedes el colapso? ¿Dirían ustedes que ya empezó? ¿Cuántos años en términos de duración?


En ciertos aspectos, es posible que ya haya empezado; pero esta cuestión no será resuelta sino por los historiadores o por los arqueólogos del futuro —e incluso allí se pelearán a punta de artículos y de tesis doctorales—.


Los colapsos de la civilización se han desarrollado siempre durante décadas —mayas, romanos, etc.—. Naturalmente, las causas no fueron las mismas, pero hay que ver este proceso global como algo gradual, con posibles y ocasionales mejorías, al compás de brutales y ocasionales catástrofes; y no como un evento radical e inmediato —como un asteroide—, porque eso nos impide pensar en la complejidad, y en consecuencia, nos impide también pensar en la organización colectiva.


Sin embargo, nuestra civilización tiene la particularidad de tener todo interconectado de manera rápida y homogénea —globalización—, lo cual acelera las dinámicas de rupturas catastróficas. De este modo, es posible que nuestras sociedades industriales —y los ecosistemas, y la biósfera— se degraden mucho más rápidamente que en las antiguas civilizaciones. Es posible que eso ocurra dentro de nuestra generación, ¡con las personas que viven actualmente!


GEB: ¿Qué ideas tienen ustedes sobre el movimiento de los chalecos amarillos, dentro del contexto del colapso?


Para mí, el movimiento de los chalecos amarillos es un síntoma. La cólera brota espontáneamente cuando nadie te escucha, cuando hay muchas injusticias e irregularidades. Hemos mostrado ampliamente —y no somos los únicos— que las grandes desigualdades son corrosivas para todas las sociedades, y que son también un factor de colapso. Entonces no hay porqué sorprendernos; yo diría incluso que estos movimientos quieren multiplicarse, lo cual es algo evidente.


Otra cosa —una buena noticia— es la heterogeneidad del movimiento —tenemos todo el escenario político, me parece, y eso está bien—, con un lado orgánico, con muchas raíces, como un micelio de champiñón. En este sentido, los enlaces con otros movimientos —incluido el del clima— ¡son muy interesantes! Es algo incomprensible para las estructuras jerárquicas piramidales.


descentralizada —que viene de abajo— puede potencialmente aportar mucho de renovación a la vida política. Pienso en las propuestas políticas —referendo de iniciativa popular, etc.—. Nuit deboutNoche en pie», otro movimiento social francés] también había generado un poco de cultura desde sus asambleas y demás. Dicho esto, no es seguro que aquello nos deje algo constructivo. Todo es posible aún: podemos desembocar en una guerra civil, así como en un cambio constitucional profundo; o incluso podría llegar a ser un fiasco. Pero no será el último movimiento, habrá otros...


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